jueves, 30 de octubre de 2008

HISTORIA DE DOS

A diario tenemos miles de oportunidades y pocas veces las aprovechamos. Siempre estamos rodeados de muchas personas y no siempre les decimos una palabra gentil para hacerla sentir importante. Pero hay personas que por más que intentemos omitirlas eternamente estarán con nosotros compartiendo su sabiduría y enseñándonos de sus experiencias. Estas personas son las más valiosas, de quien debemos aprender mucho, a quienes debemos respetar, cuidar y valorar, a quienes llamamos abuelos, pero yo les digo padres.

Y son dos los protagonistas de esta historia, son los papás de mi mamá, y lo digo con orgullo, son mis papás. Son dos viejos que ante todo se han preocupado demasiado por el bienestar de sus hijos y nietos y en muchas ocasiones han dejado a un lado sus obligaciones para preocuparse demasiado por su familia que su edad no ha sido impedimento para hacerlo.

Ellos son Miguel Paredes y Fabiola Mora, padres de nueve hijos, abuelos de dieciocho nietos y bisabuelos de dos bisnietos. Pero todos les dicen papá y mamá, dos palabras que se quedan pequeñas para representar lo grandes que son estos dos viejos que un 5 de diciembre de 1953 decidieron unir sus vidas y mantenerlas así hasta que a la muerte los separe.

Una muerte que los ha rondado muchas veces, sobretodo a él, que con ochenta años la ha derrotado para mantenerse al lado de su Fabiolita, como tiernamente le dice a ella, que a sus 71 lo sigue amando como aquel día en que se casaron.

Pero, como comienza esta historia?. Miguel es de Sapuyes (Nariño), Fabiola es de Túquerres (Nariño), él era profesor y la familia de ella la llevó a vivir a Guachavez, corregimiento del municipio de La Cruz (Nariño. Al poco tiempo él fue trasladado a Guachavez y los padres de ella, Don Gabriel y Doña Ana le alquilaban un cuarto donde Miguel se alojaba y preparaba las clases parea los niños de tercer y cuarto año de primaria. En ese pueblo se conocieron y de amigos duraron un año, cuando al fin se animó Miguel, como él dice, a pedirla como novia. Y Fabiola, con tan solo 20 años aceptó al profesor como pareja. Al poco tiempo de ser novios, Miguel y Fabiola deciden casarse en la iglesia de Guachavez, sus padrinos de matrimonio fueron don Medardo Ascuntar, muy amigo de la familia y doña Berta Paredes, prima de Miguel y amiga cercana de Fabiola.

Al poco tiempo llegó Eduardo, su primer hijo y el varón que esperaba Miguel, aquel que seria en muchas ocasiones el hombre de la casa o al menos cuando Miguel tenga que trabajar para sostener a su familia. Pero una tragedia azotó a esta familia, Jesús Medardo su segundo hijo falleció a los 15 días de nacido por un problema en su corazón. Una prueba que la vida les puso y de la cual pudieron salir, el dolor aún lo tiene Fabiola y sus ojos se deprimen y las lagrimas quisieran rodar por sus mejillas pero ella con mucho coraje cambia de tema rápidamente y sigue contando los nacimientos de sus demás hijos. Y así llegaron Mariana, Miguel, Leticia, Jesús Humberto, quienes nacieron en Ospina (Nariño), Álvaro, Luz Mariana, mi madre hermosa, y Ana Lucia, dados a luz en Pasto (Nariño)

Pero la vida no fue nada compasiva con Miguel y Fabiola, pues el trabajo de profesor hacia que él tenga que moverse de un municipio a otro trasladándose con toda su familia, vendiendo casas y animales que no podían transportar con ellos; y en muchas ocasiones siendo mal recibidos por algunos personajes de los pueblos donde llegaban. Pero hubo gente que les ayudó y recuerdan a personas de La Floresta o del Contadero o a las personas de Piedraancha, lugares donde aseguran dejaron verdaderos amigos.

Hasta que en 1962 llegaron a Pasto pues Miguel era trasladado al colegio del Batallón Boyacá, y vinieron a vivir en la casa de “la comadre Berta”, su madrina de matrimonio, aquella que les dio acilo mientras construían su casa en el barrio Julián Buchelly. Miguel se jubiló del magisterio con la casa aún en obra negra, una casa que como la describen los dos era para sus nueve hijos y para que nunca salgan de allí. Pero tuvieron que vender la mitad de la casa para terminar de pagarle al banco lo que debían y por más que rabiaron el uno contra el otro por las decisiones que ya se habían tomado, nunca se dejaron, al contrario, se apoyaron el uno al otro y les enseñaron a sus hijos a levantarse de los tropiezos, a empezar de ceros si es posible con tal de salir adelante.

Prueba de ello es que todos lograron ser profesionales y darle esa satisfacción al par de viejos que lo dejaron todo por buscar un mejor futuro para sus hijos, que cambiaron los cultivos y algunas tierras en Ospina y Cunchila (Nariño) por la ciudad capital que para ellos era el único medio que podía ayudar a triunfar a sus nueve pequeños. Y llegamos los nietos, dieciocho personas por quienes Miguelito y Fabiolita dan su vida y ha ayudado a criar porque así lo han querido el par de viejos, dieciocho personas que no podemos dejar de pedirles la bendición cada vez que los miramos, dieciocho personas que no los queremos como abuelos sino como padres que nos han enseñado a querer y valora lo que tenemos, a respetar a todos por igual y a cumplir nuestras metas, siempre con su ayuda y apoyo. Y resalto una frase que se la he escuchado a ellos desde que era un niño: “Dios debe darnos la vida hasta que todos los nietos sean profesionales” y van en buen camino, nueve estamos en la universidad, los otros nueve siguen el ejemplo de sus padres, hermanos y primos. Pero somos pocos quienes de fondo conocemos las expectativas que este par de viejitos queridos tienen en sus nietos.

Hoy en día, a sus 55 años de casados, cuando creo que están por encima del bien y del mal, apegados a Dios como su alimento diario y a quien le agradecen por mantenerlos con vida a ellos y a sus hijos, sus 29 hijos, por que como lo dije antes, ellos no son abuelos de nadie, son los padres de todos sus descendientes. Esos padres que te corrigen y que te desean lo mejor, que son capaces de dejar de comer por darle a sus hijos un bocado. Esos padres que no te desamparan, que sufren con tus tristezas y que se desvelan cuando estas enfermos. Esos padres de quienes nadie se avergüenza de darles un beso en la mejilla y pedirles la bendición. Así son ellos, Miguelito y Fabiolita, mi papá y mi mamá y soy orgulloso de decirlo por que gracias a ellos se que soy lo que soy y por ellos doy lo que sea con tal de tenerlos hasta que sus nietos sean todos profesionales.

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