viernes, 10 de octubre de 2008

SUSURRO AL OIDO


Aquella fría noche de invierno, de rayos y truenos, lúgubre y siniestra, ella, sentada en su cama, rezándole a su Dios, sentía la presencia de otro ser a su lado, que le murmuraba al oído cuando cerraba sus ojos o callaba entre oraciones. Su pulso se aceleró, su corazón estaba conmocionado, el aire en la habitación era casi nulo, la voz penetraba en sus venas hasta tocar sus sentidos. Sentía que su alma se desprendía y extasiada rondaba la habitación en búsqueda de esos susurros y de quién o qué era el que los emitía, mientras su cuerpo permanecía al borde de la cama rogando a ese ser superior que le quite ese karma que la atormentaba y no la dejaba en paz. Las voces en su cabeza se acallaron por un momento, ella intentó reaccionar de ese trance en el que había entrado, pero se sentía dentro de un caparazón, atada de pies y manos, con los ojos vendados; de repente, esas voces volvieron, más agudas que antes, sus venas se brotaron más de lo normal, su piel se erizó, de sus ojos sentía que las lágrimas resbalaban por sus mejillas y tenuemente rozaban sus labios, su boca y su lengua se secaron, en la garganta sentía puñaladas que no le permitían pronunciar palabras; su alma, desesperada, buscaba en los más minuciosos espacios a aquel ente que mortificaba a su ser.

De repente, cuando la tormenta iba terminando, las voces se marchaban con ella, la garganta, después de un trago de saliva, recuperó fuerzas para gritar, no sentía ni su piel ni su corazón, ni sus venas, sus ojos no se abrieron, jamás y se dio cuenta que las voces que escuchaba eran las de sus familiares en su entierro. Que su alma de verdad estaba fuera de su cuerpo, despidiéndose de sus seres queridos, aunque ya no los reconocía, que la tormenta que escuchaba era la que su espíritu sentía en el paso de la vida terrenal a la vida en el más allá y que esas oraciones que proclamaba eran adoraciones para que su Dios se acuerde de ella y la lleve a la eternidad. Al fin descansó, todo volvió a la normalidad, el alma de ella encontró las voces y los sonidos que la atormentaban y gracias a las oraciones pudo descansar en paz.

Escrito por: Daniel E. Narváez P.

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